Papel de trabajo N° 5 (11-09-14)

La deuda externa argentina, la matriz energética y la deuda climática

Mg. Roque Pedace*

Argentina ha sido superavitaria en el balance comercial energético hasta hace 7 años, a partir de lo cual el déficit creció sin parar. Se requerirán inversiones relevantes por largo tiempo para mitigar las consecuencias económicas de este proceso. Las inversiones  tienen un componente financiero sustancial por ser intensivas en capital. Por esta misma razón, se arguye hoy la necesidad de la intervención de capital extranjero en las explotaciones de hidrocarburos no convencionales o de grandes obras hidroeléctricas como las centrales proyectadas en Santa Cruz, o las centrales nucleares.

El sector energético ha sido parte significativa del problema de endeudamiento externo en términos relativos, cuando la balanza comercial del sector fue superavitaria, y en términos absolutos antes y después de que lo fuera. En la situación actual este déficit comercial es cubierto con subsidios al consumo y a la producción de energéticos que explican en gran medida el déficit fiscal (déficits gemelos).

En términos absolutos, el pago de la deuda externa argentina (8-10 mil millones de u$s anuales) implica transferencias significativamente menores a las importaciones de energéticos (12-14 mil millones de U$ anuales), y por lo tanto la reducción de este último es más urgente y relevante para cerrar el actual déficit de divisas.

En estudios recientes de AERA  y de la Fundación Vida Silvestre se ha mostrado que en el sector eléctrico la inversión en sustitución de combustibles fósiles y en eficiencia energética habría significado un ahorro sustantivo de las importaciones, además del posible ingreso por las acreditaciones contables de la disminución de emisiones.

En particular, los costes de la inversión para cumplir con la meta establecida en la ley 26.180 de Energías Renovables -alcanzar el 8% de la matriz con renovables, antes de 2017-, se habrían cubierto con 5/8 mil millones de U$ total entre el 2006 y el 2017. Compárese este costo total con el pago anual de deuda de 9-10 mil millones de dólares (2.7 del PBI) previstos por la ley vigente.

Los escenarios de generación eléctrica muestran inequívocamente que hacia el 2030  tampoco sería necesario recurrir al desarrollo de hidrocarburos no convencionales como los de Vaca Muerta, para proveer del gas natural necesario para la generación. Se requerirán inversiones constantes hasta 2030 para garantizar la transición postfosil. Pero más allá de la estrategia que se adopte para mitigar el impacto de la deuda (“ilegítima y odiosa” según fallo firme y vigente del Juez Ballesteros), queda claro  que estaremos en una situación mucho más sólida para enfrentarla cuanto antes nos liberemos de la adicción a los fósiles y al consumismo energético. Por otro lado, bajo este escenario se podría negociar  mejor la relación entre  nuestra  deuda externa y la deuda climática, esto es lo que se debe invertir para revertir el cambio climático.

Los países endeudados, se han visto obligados a transferir en concepto de pagos más del 2 % del PBI. Ha sido también el caso en Argentina desde el default, restándole así capacidad para invertir en el cambio de matriz energética.

En la década fosilizada el Estado confundió el rol de la energía en la reindustrialización de esta década, con la de la industrialización sustitutiva de 1930/75. En el centenario del petróleo y el cincuentenario de la energía nuclear, se renovaron los votos de fidelidad a las viejas epopeyas de la “argentina potencia”. Se perdieron o postergaron así las oportunidades de la transición energética a fuentes renovables y se confundió justicia social con subsidios al consumo; construir y refaccionar con criterio bioclimático habría sido mucho más barato y conveniente. Además se promovió el consumismo y el despilfarro de las clases acomodadas y desaprovechó la Ley 26.190 y el GENREN para crear una industria local de renovables.

* Especialista en Energía e integrante del Equipo Legislativo VerdealSur

 

 

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